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        BELLA, LA NIÑA DEL BOSQUE AZUL                      VOLVER
            Escrito por David Rodríguez Navarro


Aquel llanto irrumpió en la fresca tranquilidad del lugar.
Huemules, cóndores, duendes y árboles asombrados se acercaron a un pequeño arbusto de donde salían repetidos sollozos,
-Será el arbusto que está enfermo -le preguntaba un curioso duende a un Alerce milenario que solo murmuraba extraños sonidos.
Todos se miraban, inmóviles y especulando, mas nadie se atrevía acercarse demasiado.
De pronto ZÖE, el Pudú padre del bosque apareció.
Todos parecieron calmarse. Él como siempre, podría dar respuesta a esa extraña situación.
Con la tranquilidad que lo caracterizaba, olfateó el lugar unos minutos, se acercó cautelosamente y ayudado por su cabeza y patas abrió las ramas.
Entremedio fue apareciendo una figura extraña, desnuda y con tierra en todo su diminuto cuerpo, parecía haber salido de ahí mismo, de la tierra.
El aspecto de la bebé dejó sin aliento a cada uno de los espectadores, ¿Quién la habría dejado allí?  ¿De quién sería?, eran solo algunas, de muchas preguntas, que todos se hacían. De lo que nadie dudaba por cierto era de su gran belleza, de sus redondos ojos y tierno cuerpo, incluso los observantes más exigentes estaban asombrados.
Y fue así como por la sugerencia de ZÖE, la nombraron, BELLA.
Transcurrió el tiempo y Bella aprendía todo sobre cuanto debía saber del bosque. Cada animal, planta o flor le entregaba a diario, parte de su experiencia para que la niña pudiese armonizar en aquel mágico lugar, pero siempre había un sentimiento extraño en el corazón de todo quien la observara. Bella, querida por todos, cuidada por todos, estaba sola… completamente sola.
Era la única de su especie y tarde o temprano se daría cuenta. Zöe sabía esto y a pesar de la tristeza que le provocaba, decidió esperar a que Chronos, el manejador de los tiempos, hiciera su trabajo.
-Qué pasará cuando quiera ser madre-, preguntaban a Zöe,
-El tiempo dirá -respondía con un claro gesto de preocupación.
Bella, ajena a todo esto, solo disfrutaba.
De vez en cuando notaba las diferencias propias de las especies, pero tenía la convicción de que en algún momento ella se transformaría en algo, quizás en un Pudú como Zöe, a quien al igual que todos los habitantes del bosque consideraba como un padre.
-Cuando sea como tú, haré tal o cual cosa - le hablaba Zöe, feliz con la idea de parecerse a su padre. Y este, la miraba con el dolor de saber que eso no ocurriría y con la incertidumbre de no saber cuando decírselo.

El tiempo había pasado y Bella casi una mujer, escondía sus interrogantes. En un comienzo la atormentaban, pero que al correr el tiempo estas angustias constantes se hicieron parte de ella, el silencio de tanto tiempo la había convencido que era un ser solo en su especie y que nada haría cambiar esa situación.
Un día Zöe se acerco, le abrazo tiernamente, no como siempre, era un abrazo especial. Bella así lo sintió y sabía que no sería una conversación común.
-Eres especial hija mía y tú lo sabes- le dijo con una voz suave pero firme.
-Yo sé que debía haber enfrentado esta conversación hace mucho tiempo, pero esperaba estar equivocado y en alguna parte de mi corazón, esperaba que tú te transformaras en uno de nosotros. Esto no quiere decir que seas más o menos importante que otro ser de este bosque, lo mágico de él, es justamente que cada uno de los seres, incluyéndote a ti, son muy especiales y hemos aprendido a vivir en armonía a pesar de nuestras diferencias, a pesar de la labor que nos ha impuesto la madre naturaleza. Por ejemplo, yo sé que soy parte del alimento de mi hermano puma, pero igual lo quiero y nuestros hermanos arbustos saben que son parte de mis alimentos e igual me quieren, es así, natural y hermoso, porque no significa morir, significa que seguimos viviendo, dentro de los seres que amamos, haciéndolos más fuertes.
Tú Bella mía, eres diferente como todos acá, pero tienes un lugar importante entre nosotros, eres diferente pero no estás sola, aunque así lo creas.
Bella se levantó lo miró a los ojos, y a pesar de brotar un par de lágrimas de sus ojos, le regaló una sonrisa brillante y comenzó un camino por senderos lejanos buscando un horizonte que siempre se le alejaba, que nunca llegaba, a pesar de siempre verlo.
El tiempo pasó y Bella recorrió muchos mundos y a pesar de haber encontrado a seres igual a ella, seguía sintiéndose sola.
Su vida evidentemente no era igual que en el bosque, en este nuevo lugar nadie respetaba a nadie y a pesar de ser iguales, todos eran unos desconocidos.
Los seres que estaban junto a ella pensaban que era extraña, hablaba con quien quisiera hablar con ella, reía de vez en cuando (aunque nunca volvió a tener una sonrisa que iluminara su entorno, como la que le regalara siempre a su padre Zöe), compartía en la medida que no trataran de profundizar en su vida, cosa que ni ella lo tenía muy claro, de hecho se había convencido que su vida en el bosque mágico había sido un lindo sueño.
Los días para Bella eran todos iguales, muy temprano por la mañana se dirigía a la biblioteca del pueblo, lugar donde trabajaba, haciendo aseo y  ordenando los libros. A ella le encantaba su trabajo, a pesar de estar siempre quejándose de lo aburrida y de los dolores que le provocaban el estar siempre en posiciones extrañas.
Leía cuanto libro caía en sus manos. La poesía era su favorita y a través de ella, soñaba con encontrar algo o alguien que la hiciera sentir distinto. En cuanto a eso, la verdad es que a pesar de quererlo, se negaba a tal posibilidad y se convencía que era solo la pasión momentánea despertada por silabas bien encadenadas y en rima.
Al salir de su departamento cruzaba un parque muy verde, lleno de niños jugando a todas horas, pájaros y una que otra ardilla que se cruzaba en su camino, algunos abuelos sentados esperando ser cobijados por tenues sábanas de luz solar para ser abrigados.
Cruzar por este parque era para Bella recordar minimamente su hogar de infancia y por eso le gustaba tanto hacerlo, incluso y a pesar de aquella niña sentada que todos pasaban por su lado y nunca nadie se detenía a preguntarle que le ocurría. Vestida con un traje descolorido, zapatos rotos y sucios, la pequeña niña se quedaba sentada mirando a todo el mundo pasar, nunca trató de hablar, no dijo una palabra. Muchas personas pasaron pero nadie se detuvo.
Un día en que Bella amaneció más triste de lo acostumbrado decidió volver al parque a ver si la pequeña niña estaba ahí.
La encontró en el mismo lugar en el que estaba el día anterior. Con la misma mirada de tristeza en sus ojos.
Se dirigió hacia ella; al acercarse notó que en su espalda había una gran joroba. La niña miró a Bella con una tristeza tan profunda que le rompió el alma.
Se sentó a su lado y sonriendo le saludó.
La pequeña le miró sorprendida y con una voz muy baja respondió a su saludo.
Hablaron hasta que los últimos rayos de sol desaparecieron.
Cuando solo quedaban ellas dos y la oscuridad alrededor, Bella le preguntó por qué estaba tan triste. La pequeña le miro y con lágrimas en los ojos le dijo: "Porque  soy diferente". Bella respondió con una sonrisa: "Lo eres". Aún más triste la niña respondió: "Sí, o no te has fijado".
Bella, algo incómoda trato de verse tranquila, en un momento pensó que no podría seguir obviando el tema, pero de pronto sintió que era tan de ella esa sensación de ser diferente o por lo menos sentirse.
“ser diferente no es un motivo de tristeza”, dijo bella, “al contrario las diferencias te hacen especial, y es eso lo que debes tener en cuenta el ser una persona especial”, la niña solo la miraba con un gesto en su cara que iba cambiando e iba transformando hacia una iluminada sonrisa. “sí, pero nadie nunca me ha hablado, al contrario se alejan, me temen, me juzgan por mi apariencia”. Bella sentía algo de culpa porque mucho tiempo había hecho lo mismo, mucho tiempo había pasado por el lado de la niña sin atreverse a hablarle. “Es cierto, pero eso no es tu culpa, eso es porque no hemos entendido que nuestras diferencia nos hace especiales a todos y sentimos temor a aceptar que no somos parte de un grupo de iguales, rubios, morenos, crespos, calvos, negros, amarillos, mujeres, hombres todos somos un mundo que necesitamos cuidar y amar. Es cierto eres diferente, pero quien no lo es. Podrás tener una gran joroba, pero eres hermosa para quien te sepa mirar”
La niña sonrió de una manera que iluminaba todo el parque.
-Tu padre debe estar muy orgulloso de ti, Bella.
-No -dijo bella- yo no conocí a mi padre.
-Pero, ¿cómo, Bella, no era Zoe un padre para ti…?
Bella abrió sus enormes ojos sin entender nada, Zoe era parte de un sueño que solo ella conocía, “¿Cómo podría esta niña saber de eso?” se preguntaba. “No te preocupes mi niña, lo importante es que has logrado ver de verdad, has abierto tu corazón y has aceptado la diferencia entre los seres como lago especial y hermoso de compartir, creo que es como volver a nacer”.
En ese momento la niña se levantó y una gran luz la rodeaba, sus deterioradas ropas por arte de magia se transformó en atuendos hermosos que brillaban lo más impactante para Bella fue ver como su joroba se transformaban en dos blancas y grandes alas. Bella sorprendida no podía ni moverse ni decir palabra, el ángel que tenía en frente solo se remitía a sonreírle.
-Pero, ¿quién eres? ¿de qué se trata todo esto? -balbuceaba bella.
-Soy tu ángel guardián.
Bella no sabia qué decir. Y la niña continuó:
-Por primera vez pensaste en alguien más, Bella, por primera vez abriste tus ojos y te permitiste ver. Mi misión está cumplida.
Bella se levantó y le preguntó por qué nadie le había ayudado.
La niña miró a Bella y sonriendo dijo:
-Tú eres la única persona que podía verme.
Y ante los ojos impresionados de Bella, aquel hermoso ángel desapareció.
En ese momento, Bella sin cuestionarse si había sido realidad o no, entendió las palabras de su padre Zöe, y se prometió seguir mirando a su alrededor para la eterna búsqueda de la felicidad, pero esta vez no sola, tratando de mirar, tanto en la similitud como en las diferencias de los otros, mensajes de verdadero amor.
Bella nunca volvió al bosque mágico, no era necesario porque mantenía cada uno de los detalles en su memoria, detalles que compartía con un alma gemela su espacio, disfrutando de cada uno de los simples, hermosos y diferentes regalos que le daba a diario la madre naturaleza.