hadita
CUANDO MIRES AL CIELO                            VOLVER
Escrito por Ruth Basto Trujillo


Estaba un chico sentado al borde de un río y se acordaba mucho de su infancia. Se veía rodeado de sus amigos en un cumpleaños. Estaba feliz, contento. Le habían dejado muchos regalos ese año, pero también sería el último que pasaría con sus amigos y familiares.
Todo comenzó una tarde de octubre. Estaba lloviendo, y él estaba en el porche de su casa. Estaba algo triste porque, por la lluvia, no podía ver a sus amigos ese día. Su padre se le acercó por detrás y le dijo:
-Los días así a veces son buenos, aunque no puedas ver a las personas que quieres.
-Papá, ¿cómo puedes decir eso? Es una de las tardes más aburridas que he vivido en toda mi vida. No puedo aguantar más aquí.
Dicho esto, David salió corriendo en mitad de una tormenta. No le importaba nada, sólo quería ver a sus amigos.
David no se dio cuenta de que su padre salió detrás de él para detenerlo, pero lo perdió cuando dobló una esquina. David se adentró en un parque cercano y se sentó debajo de unos árboles, para que así no le llegara tanto la lluvia. En una de éstas que estaba algo más despejado, empezó a estornudar, y a toser. Se encontró con que le dolía la cabeza y estaba algo mareado. Se tocó la frente y se la notó caliente. Ahora no podía volver a casa. Se había escapado cuando estaba hablando con su padre. Eso era algo que nunca le perdonarían, pues sus padres eran muy estrictos.
Siguió debajo de aquel árbol hasta que se hizo de noche. Era una noche fría y él no se había llevado abrigo, aunque mucho no hubiera servido, ya que se le habría mojado. Estaba tiritando cuando escuchó un ruido detrás de él. Cuando se viró no vio a nadie, sólo un resplandor, una luz que se le acercaba. Él se asusto, pero pronto descubrió que esa extraña luz no le inspiraba miedo, sino confianza, así que se levantó como pudo de donde estaba sentado y comenzó a seguir a la extraña luz que se presentaba delante de él. Se estaba alejando del parque en el que estaba, pero no se estaba asustando ni se preocupaba de eso, sólo le importaba seguir a esa luz. Llegó hasta el borde de un precipicio y la luz se paró. De pronto aquello ya no era una luz, era un destello que le cegó los ojos, y salió una mujer bellísima de esa luz, que le habló con dulzura y amor:
-David, debes ir a casa. Tus padres están preocupados por ti y, si no vas, ya pasará una desgracia.
-¿Qué desgracia?
Pero la mujer ya se había ido.
Salió corriendo y se dirigió a su casa tan rápido como pudo. Casi no se podía tener en pie con la fiebre que tenía, pero quería llegar a casa lo antes posible para saber de que le estaba hablando aquella extraña mujer.
Cuando llegó ya era demasiado tarde. Su padre se había puesto enfermo al salir corriendo detras de él, y lo peor era que el médico no daba muchas esperanzas. David se acercó al padre, que estaba acostado en la cama.
-Papá, lo siento -rompió en llanto-. No quería que pasara esto, yo no quiero que te pase nada malo. Ha sido culpa mía, no debería haber salido tan rápido. No debería haber salido, debería haberme quedado en casa como todos mis amigos y ver la tele, o algo por el estilo, pero en lugar de eso he hecho que enfermaras.
-David, no te sientas culpable. Lo que tenía que pasar pasó, ya no puedes hacer nada, y no es culpa tuya, sólo ha sido una jugarreta del destino. Ya verás que me pongo bien y volveremos otra vez a ser como antes.
Pero el padre de David empeoraba por momentos, y a los dos días falleció mientras él estaba en clase. Cuando llegó a casa, vio a su madre llorando y fue corriendo al cuarto para ver a su padre, pero él ya no estaba. Se lo habían llevado, no podía creerlo. Salió de casa para ir al parque donde había visto a la extraña mujer. Se dirigió hacia el precipicio y allí la espero, pero ésta no apareció. Todos los días iba para ver si la encontraba y hablar con
ella, pero ella nunca aparecía.
Al cabo de 4 meses, la madre de David estaba mal. Había caído en depresión por la muerte del padre, y David cada día se sentía más culpable. No quería ver a su madre mal. Había dejado de ir al parque para ver si veía a la mujer, pero un día, pasando por allí, se detuvo en el árbol donde se había sentado aquel día fatídico. Se echó a llorar, y volvió a ver la luz extraña. La siguió hasta el precipicio otra vez, y volvió a salir la mujer extraña. Ésta le dijo:
-David, no llores, sé que has venido todos estos días a verme, pero no he podido aparecer, aunque siempre he estado contigo. Tu padre me dijo que no quiere que te sientas culpable por lo que pasó, que no es culpa tuya, que él nunca podría echarte la culpa de algo que podría haber pasado tarde o temprano.
-Pero fue culpa mía, no quería hacerle daño, pero al final se lo hice y ahora soy un hijo malo. No he ayudado a mi madre con su depresión, sino que la he hundido más en su desgracia, en vez de apoyarla. No puedo mirarla a la cara, me siento demasiado culpable como para poder pedirle perdón por lo que he hecho.
David comenzó a llorar recordando el día en que su padre murió.
-David -David levantó la cabeza y vio que era su padre quien esta vez estaba delante de él-. Tú no tienes la culpa, además yo no me he ido, sigo aquí contigo. -Le señaló el corazón con el dedo. -Y si eso no te basta, cuando mires al cielo, piensa que yo te estoy mirando y que nunca te olvidaré. ¿Me harás un favor?
-Dime, papá.
-Vete a casa y háblale a tu madre. Ella se siente mal, no porque yo haya muerto, sino porque tú estás mal por mi muerte. Habla con ella y dile que yo aún la quiero y que la estaré esperando, pero que no haga lo que quiere hacer, que entonces te dejaría a ti solo. Dile que esta noche mire el cielo. -Y desapareció.
David fue corriendo hasta su casa y se encontró a su madre en la cocina llorando. La abrazó y le contó lo que le había pasado. La madre lo miró:
-David, sé que echas de menos a tu padre, pero no te inventes nada.
-Tú dices que me lo he inventado, pero hazme un favor. Mira esta noche al cielo. Él me ha pedido que te lo diga, y yo quiero que lo hagas, porque seguramente te quiere decir algo.
La madre de David así lo hizo, y en el cielo había una nube con forma de corazón, y al lado ponía Carla, que así se llamaba la madre de David. No sabía qué decir. Se acercó al cuarto de David, lo abrazó y le dio las gracias.

Cuando pierdas a alguien querido, piensa que está en el cielo observando lo que haces, y que si te ve triste, él se pondrá también triste, y no podrá abandonar este mundo hasta que no estés bien. Intentará comunicarse contigo mediante señales que a veces no captarás, pero cuando te des cuenta de ellas, tómalas y sigue su consejo. Anímate, pero nunca dejes de mirar al cielo.

David se levantó y miró al cielo. Su madre ya estaba con su padre en el cielo y no se separarían nunca mas.