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           CUANDO PERDÍ A MI BEBÉ   
         Publicado en: Cuando el embarazo termina en pérdida, Fairview Press, Minneapolis, U.S.A., 2003. ISBN: 1-57749-132-7. Pp. 154-157. 

Querida amiga:

Muchas veces te he repetido que no quiero llorarte, pero esta noche sólo hay llanto en mi pecho. Voy a ti buscando un refugio. Siento cómo me acerco a tu cuerpo y echo mis brazos sobre tu cuello, con tu mano derecha me abrazas la espalda, con la izquierda me tocas el cuello. Me abrazo a ti y lloro, esta noche lloro.

 Ni siquiera sabría cómo explicarte cómo puede llegar a doler tanto el alma. El alma se rompe, la tristeza te traspasa. Lloras por lo que has perdido, por lo que más deseabas.

 Dentro de unos quince días yo debería tener un hijo, pero no va a nacer. Ya hace tiempo que murió, o lo mataron, o él me podría haber matado a mí, es igual, pero había algo que pudo haber sido un hijo mío que no creció. Lloro la pérdida como nunca creo que se pueda llorar nada. No hay dolor comparable. Derramo lágrimas, mi cara se empapa de lágrimas, me duele el paladar de aguantar el llanto.

 No hay bebé, amiga, no hay bebé. Ese bebé que deseé tener desde niña, ese bebé que tuve que aplazar durante años, el bebé que naciera del amor más grande que he vivido en mi vida. No era un bebé cualquiera, era el bebé de mis ilusiones y que compartiría con el ser que más quiero en este mundo. Yo quería el bebé,  pero no lo hay.

Recuerdo la confusión de los primeros días en los que supe que estaba embarazada, la mezcla de confusión, miedo a que se perdiera y una ilusión que no quería compartir con nadie.

De noche me encerraba en el ordenador y le escribía a ese bebé el diario de cómo iba a llegar a mi vida, porque para mí iba a ser tan especial que quería escribírselo todo para cuando fuera mayor. Quería grabar el día en que me enteré, mi reacción, no tanta de alegría como de confusión. El miedo que sentía. Pero duró poco, cuatro días, al quinto de saber que estaba embarazada empecé a sangrar. Fui al hospital, allí no me aclararon nada, mas que estaba embarazada y me mandaron a casa. El miedo a perderlo fue pasando con los días, y uno bailé al son de la música de mi infancia, el famoso disco del sábado tarde, pero al día siguiente manchaba de nuevo, el dolor aparecía de nuevo. Una semana y dos días después de saber que estaba embarazada me dijeron qué pasaba, me lo dijeron de forma que no lo entendí, pero sospechaba de las palabras. Una doctora con voz amable y sonriente, tratando de que no sufriera, me dijo que era un embarazo ectópico, cuyo significado desconocía, y que habría que hacerme “un tratamiento conservador”. Me hizo vestirme y que acudiera a otra sala. Llegué allí, me dijo que me hospitalizaban. Le dije que no había entendido bien, que quería saber qué era un “tratamiento conservador”. Me sonrió de nuevo y con voz dulce me dijo: “HAY QUE DISOLVER EL EMBARAZO”, textual, tengo grabada la escena, el sitio, su traje blanco y su bata verde. Yo traté de mantener la compostura, no quería que nadie me viera llorar. Le dije que tenía que hacer una llamada, salí a la cabina y volví a entrar.  Me llevaron a que me hicieran unos análisis. Un señor lo intentaba, pero no encontraba mis venas, finalmente tuvo que intentar extraerme la sangre de la mano derecha. Yo estaba sola, había ido sola al hospital a urgencias porque manchaba y no era normal, y allí estaba ese hombre intentando sacarme sangre. Empezó a sacarme sangre pero el mareo era terrible, empecé a sentir vértigo, fatiga, todo me daba vueltas. Me agarraron y tuvo que parar, no dijo que ya lo intentarían arriba, me sentó en una silla de ruedas y me llevó a mi habitación. Subía al noveno piso, todos eran amables conmigo, el ascensor subía despacio, yo aguantaba las lágrimas, no lloraría delante de nadie. Sentía el dolor fuerte en mi pecho, me dolían las mandíbulas, el paladar, pero no lloraba. Me llevó a mi habitación y me dejó allí. Me tumbé en la cama y empecé a llorar desconsolada. Serían las dos y media o tres de la tarde, hasta las cinco no llegaría Agustín. Entonces lloraba y lloraba. Una enfermera entró a sacarme sangre, la necesitaban. Yo estaba llena de agujeros, en los brazos no habían podido, en la mano tampoco. Esta decía que no había más remedio, ofrecí mi brazo izquierdo ya pinchado y me sacó sangre a pesar del dolor de mi cuerpo. Las enfermeras entraban de vez en cuando  a ver cómo estaba, pero yo no paraba de llorar. Cada vez que una entraba les decía que cuando llegara mi marido lo dejaran entrar. En mi vida he sentido tanta soledad, nunca el dolor ha sido tan grande. Sobre las cinco llegó mi hermano, mi madre le había avisado y había ido corriendo al hospital, me traía revistas para animarme y me decía:

- ¿no estarás llorando por el bebé?¿si ni siquiera era un bebé?

Como siempre me traía su sonrisa, su compañía, y me hizo dejar de llorar. Incluso me reía. Unos minutos después llegó Agu, había subido los 9 pisos andando, porque estaban todos los ascensores ocupados. Me dijo que no pasaba nada. Nos dejaron solos, me abracé a él, pero no lloraba. Entonces empezó el “no quiero llorar delante de nadie”.

Mi madre llegó por la noche, mi hermana y mi cuñado la habían traído en coche desde Jerez en cuanto se enteraron. A la mañana siguiente se quedó conmigo, estuvo conmigo durante casi un mes, y a ella le cogió una semana después en la calle cuando empezaron los dolores fuertes y tuvieron que operarme, pero desde que entró el primer día en mi habitación se lo dije: “no quiero que llore nadie”, “no quiero verte llorar”, “no quiero que llore nadie”. Les decía que no quería verles llorar porque yo estaba bien, pero no quería verles llorar porque si les veía yo lloraría a gritos, y me aguantaba el llanto. Ese día empecé a callar mi llanto y ni Agustín, ni mi madre, ni mis amigos ni mis hermanos han podido decir que me han visto llorar, porque las lágrimas las guardaba, las tragaba, las tragaba.

 Ahora, a sólo quince días de mi supuesto parto las lágrimas ya no las controlo, ni la tristeza. No quiero estar sola de día, no sé qué haré esta semana, pero trataré de buscar compañía, porque cuando estoy con los otros trago las lágrimas, finjo, qué bien finjo, y cómo me duele de noche, cómo me llora el alma entre tanta lágrima. Amiga, lamento esta triste carta. Luego pasaron más cosas, pero ya no fueron importantes, no me importó tanto la trompa, el dolor grande me lo habían hecho ya una semana antes, cuando me dijeron “que había que disolver el embarazo”. Trato de aparentar que estoy bien, pero a partir de ahora no te prometo nada, porque ya no me controlo. La tristeza me domina, se impone. Sólo espero que llegue el 19 mi madre y yo no vuelva a estar ni un minuto sola al día, porque al estar sola pienso, pienso, pienso, cada minuto pienso que el 30 de Abril yo estaba embarazada y Agu esperaba los 4 minutos del predictor porque yo no quería mirar. Y aquí estoy, sin saber cómo salir de esto.

 Amiga, no te preocupes por mí. No lloraré delante de ti, como no lloro cuando está mi madre, ni lloro cuando está mi hermano, ni Agu, aunque todos sepan qué es lo que duele.