castillo
EL CASTILLO DEL SEÑOR
Escrito por Vran                                                        VOLVER                                                                                                          
                          
- I -


Hola amigo, deja que beba contigo al calor de tu hoguera.  
Te pagaré tu hospitalidad con una historia. Pero perdona, no me he presentado. Mi nombre es Terodonte, es un nombre que adquirí por los caminos, el verdadero ni lo recuerdo.

No me gusta hablar de mí, ni mi pasado, pues es eso, tiempo pasado, pero hoy te contaré quien soy y mi pequeña historia.
Soy poco más que nadie y no aspiro a ser mucho más, quiero una vida tranquila y discreta, no me gusta llamar la atención ni meterme en problemas.

Me estoy desviando, vayamos a los inicios. Nací en una buena familia, podría decir “noble” pero es un calificativo demasiado generoso para ellos. Eso ocurrió hace ya bastante tiempo y a muchas leguas de aquí.

Mi padre gobernaba, o mejor dicho, extorsionaba un amplio feudo. Como su primogénito fui educado en el dominio de las armas y el arte de las letras, esto último más bien por influencia de mi madre, la cual creía que la fuerza bruta y la habilidad en la lucha no bastaban para ser un buen líder.

Mi padre era un ser malvado y ególatra, enamorado de sí mismo, de sus dominios y de su poder. Era cruel y sádico. Mi madre no era mucho mejor, era inteligente,  ambiciosa y maquinadora. Le encantaba su posición, y el hecho de que mi padre fuese su esposo era sólo un mal menor que no estropeaba todo lo que obtenía a cambio. Era realmente bella, sin duda por ello mi padre la eligió como esposa.

Tenía un hermano y una hermana, no mucho mejores que mis padres. No les culpo, nunca conocieron, como yo, ni amor ni el cariño. No nos queríamos, aunque tampoco nos odiábamos. Todo era pura conveniencia. Yo sería el heredero del feudo, mi hermana sería la esposa de algún otro gobernante y con su dote, mi padre, le compraría a mi hermano el cargo de abad en alguna abadía donde podría dar rienda suelta a todos sus vicios y caprichos.

En cierta forma, todo era perfecto. Todo menos yo.


- II -

Mi madre inició a mi padre en la adoración a los dioses oscuros, de ellos provenía parte de nuestro poder. De vez en cuando, en las poblaciones cercanas desaparecían niños, e incluso bebés. El culpable era un monstruo insaciable que desde la oscuridad acechaba a las gentes humildes robando criaturas y, en ocasiones, matando a sus padres. El monstruo real era mi padre que instigado por mi madre envía a su guardias de confianza a realizar tales atrocidades. No es complicado imaginar que pasaba con los niños.
En las mazmorras del castillo eran sacrificados para contentar a los dioses del mal y toda la familia bebíamos su sangre.

Su sangre, ese sabor dulce y metálico que jamás ha abandonado mi paladar. Ciertamente, no sé que ocurrió, que cambió en mí. Comencé a sentir desagrado por aquello, a pensar en esas inocentes víctimas y qué vida tenían hasta ese fatal momento.
A menudo me escapaba y observa a la gente común… y me sorprendió que a pesar de todos los males que sufrían, de su vida mísera e insignificante, se querían entre ellos y eran felices, reían. Me costó mucho asimilar que había otra forma de vida posible, donde el poder no era lo más importante. Que lo simple y lo sencillo poseían más belleza que las mayores riquezas.

Una noche, una de esas noches de luna llena, me enfrenté a los hombres de mi padre cuando iban a perpetrar un nuevo ataque del monstruo. Maté a algunos, herí a varios, pero me capturaron y llevaron preso ante mi padre. En su presencia le grité cuanto sentía en mi corazón,  me abofeteo y envió a una mazmorra. Había dejado de ser su hijo… y ya pensaría que hacer conmigo. No tuvo tiempo, de hacerlo o quizás sí, pero eso nunca lo supe. Desde la celda conseguí atemorizar lo bastante a un guardia para que me trajese de beber, le agarré y obligué a liberarme… y huí.


- III-

Huí, huí y huí. Unos harapos, un caballo y una daga robada mis únicas pertenencias. Desde entonces he errado por los caminos, el polvo ha sido mi único compañero fijo. He conocido mejor a las gentes, he observado e intentado aprender, cada vez más, de ellos y de sus vidas sencillas. He realizado múltiples trabajos y tareas a cambio de comida o algo de dinero.

En ocasiones, he roto mi regla de discreción por reparar alguna injusticia. Sí, he luchado por el bien y la justicia, o lo que mis sentidos me dicen que es el “bien”. Descubrí otros dioses, dioses de la luz y dioses del equilibrio, y aunque simpatice más con ellos, nunca confiaré en los dioses. Prefiero seguir mi camino y deberles lo menos posible.

Quizás os preguntaréis qué hizo mi padre mi familia tras mi fuga. Poco pudo hacer porque esa misma noche el castillo ardió. El pueblo, al descubrir que no existía monstruo alguno, sino que eran los secuaces de su señor que les quitaba sus hijos, se rebeló y sus gentes marcharon hacia el castillo armadas con aparejos y herramientas del trabajo. Alguien me contó que fue un baño de sangre. Muchos aldeanos y guardias muertos, un caos donde no había señor ni mando en ninguno de los dos bandos. Me dijeron que el hijo mayor fue quien inició el fuego quemando a su propia familia  y que cuando se tuvo lugar la revuelta el señor ya yacía muerto y el hijo lejos de allí…quién sabe, puede ser verdad, puede ser sólo otra historia.


- IV -

Y ahora estoy aquí, algo cansado de los caminos, con intención de establecerme en algún lugar donde intentar encontrar paz. No aspiro a ser nada, soy un solitario y se así será hasta que mi vida cese. Me apetece parar, descansar, crecer, dejar de huir de mi pasado y de mi mismo. Quizás así este sabor, este sabor dulce y metálico desaparezca.

Pero no serás tú quien vea que suerte me depara el destino. No pongas esa cara. Eres un mal bicho. Has obrado mal, demasiado mal y debes morir… ¡Desenvaina tú arma!