Joakin
EL DUENDECILLO ZAB                                           VOLVER
Escrito por Ramón López Valverde          

  A la memoria de mi abuelita Hortensia

Zab

                                                                            I              

Los haces de luz se acercaban veloces a mis ojos y, luego, pasaban fugaces a mi lado dejando como estela el zumbido del motor que se alejaba. Así, una y otra vez.
Mis sentidos críticos estaban concentrados en la conducción, como un autómata; mi mente vagaba por el limbo denso que configuran los sentimientos intensos. Mi destino: un pueblo del Sur. Mi motivo: un viaje obligado. Mis compañeros de viaje: familiares, en los asientos traseros, y una extraña mezcla de dolor, resignación y paz que me envolvía por completo.
 La voz, de pronto, sonó en mi cabeza. Al principio como un murmullo imperceptible, luego más nítida. Me decía: “escríbelo, pequeño, cuenta el cuento de Zab y el castillo de Irás y no volverás”. Así será -contesté a la voz- y el dolor y la resignación se engalanaron con vestiduras de cariño, ternura y voluntad.

                                                       II

 Zab era un duendecillo vulgar, ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, de tez cetrina y ojos tristones salpicados, de vez en cuando, por el brillo de la ironía; y es que Zab, a pesar de ser asustadizo, tímido e inseguro, era un duende listo.
Pasaba con su abuelo largas temporadas, pero siempre dentro del bosque, lejos de los humanos. Tanto el abuelo Hor como Zab desconfiaban de las personas. “Se disfrazan por todos lados. ¡Ays, si hubiesen de vivir desnudos!”; solía decir Hor.
 Un buen día el viejo decidió confiar a Zab una gran empresa. Él, por sus muchos años y sus largas singladuras, creía merecerse un descanso, al menos así se lo planteaba al duendecillo. El motivo real era otro: quería que Zab tomara conciencia de su gran potencial para llevar a cabo metas arriesgadas.
     -Mira, pequeño, mucho más allá de los confines de nuestro bosque, rodeado de abismos insondables, está el castillo de “Irás y no volverás”. Sé que apenas conoces su nombre, tanto temor nos da el pronunciarlo que casi nunca lo hacemos pero, como yo, como todos nosotros, también sabes lo que se esconde allí.
     -Sí, abuelo: el orgullo de los hombres.
     -Cierto. Pero, aún así, allí quedará, porque el éxito de tu aventura sólo residirá en romper el maleficio que encierra el nombre del castillo para poder mostrar a los hombres que son ellos, sólo ellos, los que deben llegar, enfrentarse a su terrible morador y volver victoriosos.
     -Abuelito, pero.... nosotros no confiamos en los hombres.
     -Sí, pequeño, pero ellos sí que confían en nosotros.
     Hor se ausentó un momento y volvió al rato con dos objetos: un mantel plegado y un pequeño gorrito con forma de capirote.
-Esto te ayudará en tu viaje. Son mágicos -dijo-. Observa.
Y lanzó el mantel al aire y, a la voz de “!componte, servilleta!”, éste quedó perfectamente desplegado sobre el suelo, cubierto de los mejores manjares imaginables. Después, colocándose el capirote en la cabeza, exclamó: “!tápame, sombrerito!” y, al momento, desapareció de la vista del pequeño duende que miraba con los ojos desorbitados.
-¡Oh!, abuelito. ¿Son para mi?. Con semejantes aliados nada he de temer a mi destino.
Y así fue. Partió el pequeño Zab, enfrentó las vicisitudes de su camino y consiguió romper el maleficio del castillo. Se enorgulleció de su abuelo, de sí mismo y demostró a los hombres que se atrevan a soñar que el muro del orgullo no es inexpugnable.

                                            III

Al borde de la fosa, mientras enterraban a mi abuelita, comprendí que “mi servilleta” es mi propio ímpetu, mi abnegación, mi lucha, mi sacrificio por mí y por los míos. En cuanto al “sombrerito”, bien pudiera haberse metamorfoseado en palabras e imaginación.
     Volví a la que fue casa de mi abuela. Rebuscando en un viejo baúl, donde estaban los juguetes que iluminaron mi infancia, hallé una figura pequeñita, de cerámica;  un duende, que parecía mirarme con sus ojillos tristones y en cuyo fondo, de forma fugaz, pareció brillar un destello de complicidad.