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EL EXTRAÑO FIN DE PADWEEN O`KELLY            VOLVER
Escrito por Noelia Martín Montalbán (Myu GataNegra)

Oíd, oíd, nobles gentes, moradores de Brigantia y sus alrededores. Escuchadme bien y con atención, pues estoy a punto de revelar ante todos vosotros y vosotras, gentiles mozas,  unos hechos insólitos a la par que increíblemente interesantes y, no por  ello, menos verídicos que cualquier pregón que se os recite de parte de vuestros soberanos.
Dejad vuestros cotidianos pensamientos de lado, pues puede ser ésta la única vez que escuchéis el relato de la repentina y misteriosa desaparición de un muchacho llamado Padween O'Kelly, que habitó en la vecina aldea de Arianrhod hace no demasiados años. Puede que algunos le recordéis aún, puede que haya caído en el olvido de otros tantos, o que a los demás os venga a la mente en este preciso momento.
Os sugiero que añadáis, pues a los recuerdos que de él tenéis  el relato que a continuación os narraré, muy diferente de la versión que la versión que todo el mundo conoce, realmente dispar con los verdaderos hechos.
Ni la ficción que hayan podido acumular todos los bardos y  tinkers que hayan pasado por vuestras calles puede superar la realidad de este extraño asunto, así que venid, venid y buscad una postura cómoda mientras yo también lo hago. Quizá la generosidad de alguno de los presentes me proporcione algo con que refrescar mi reseca garganta, en éste taburete que me permite descansar mis piernas. Largo es el camino que he recorrido para poder ofrecer a los habitantes de los más verdes campos de Eire la historia de un joven, la cual quedó grabada en mi mente más profundamente que si fuera una inscripción cincelada en una roca con la ayuda de un martillo, el extraño y sobrecogedor relato de las que bien pueden ser las últimas vivencias de Padween O'Kelly. Sin más dilación, empezaré a explicar tales hechos, al final, escucharé vuestras preguntas.
El suave balanceo de las olas empujaba la pequeña barca de madera que se mecía bajo un apacible sol de primavera. Céfiro alborotaba la larga melena del joven Padween o'Kelly, mientras intentaba en vano conseguir algo para comer aquel día. Los peces parecían haberse dormido o estar desganados hasta el punto de no apetecerles el suculento aperitivo con punzante y herrumbroso relleno que Padween les ofrecía. Varias veces había comprobado que el gusano seguía ensartado en el anzuelo. Nada ni nadie lo había movido de su sitio.
Probó a cambiarlo por una lombriz de tierra, un escarabajo y por último una fisgona mariposa de vistosos colores que había atrapado ese mismo día cerca de su casa. Nada. No había manera. Ni el pez más pequeño advertía la jugosa trampa. Todo era muy extraño, pues días atrás había conseguido un buen botín sin ningún problema.
El viento comenzó a soplar con más fuerza y tuvo que contener con una tira de cuero el impetuoso movimiento de su pelirrojo cabello que ondeaba como una llama para que no le estorbase ni le impidiese ver con claridad. La furia de los elementos era cada vez mayor y las inquietas aguas empezaron a agitarse cada vez con más ímpetu. Paddy decidió volver a la orilla, aunque fuese no hubiese conseguido ninguna captura. Tal vez iría a comprar una deliciosa empanada en la tienda de la señora Ap Thomas.
Su embarcación era bastante débil y no creía que  resistiese mucho tiempo. Lanzó una cuerda al poste del embarcadero y, cuando logró alcanzarlo, apretó el nudo corredizo hasta que quedó firmemente sujeta. Luego empezó a tirar para intentar llegar a tierra firme antes que la lluvia arreciase. El remo de nada le hubiese servido contra aquella impetuosa corriente marina.  
Avanzaba con mucha dificultad. La soga estaba mojada y endurecida, las manos le ardían por el roce y la sal le escocía en las rozaduras.  El viento le golpeaba furioso en la cara. La corriente luchaba cada vez con más ímpetu por arrastrarlo mar adentro y él intentaba, desesperadamente, alcanzar los prados de verde hierba que estaban en dirección opuesta.
De repente oyó un chasquido y vio como la cuerda caía al agua y se hundía. Se había roto. No había podido soportar la tensión a la que Paddy y el mar la habían sometido. Mientras veía como se alejaba hacia las profundidades en su rostro se veía una palpable incredulidad.
Estaba perdido. Sacó el remo e intentó combatir contra la corriente, pero sus esfuerzos fueron vanos. Apenas conseguía mantener su posición.
Al mirar al agua vio dos extrañas manchas verdes que seguían el mismo rumbo que él y resplandecían como el cristal bajo las olas. Después, de las mareas surgió una blanca mano que se agarró al borde de la barca con firmeza. Padween se mantuvo expectante con el remo en alto. Vio aparecer con presteza una segunda mano. Las dos dieron impulso a una mujer que subió trabajosamente a la barquichuela y se sentaba para recuperar el aliento.
Era una mujer muy peculiar, la más peculiar que hubiese visto nunca. A pesar de su evidente juventud tenía el cabello blanco como la pluma de cisne, con un brillo argénteo y los ojos verdísimos, más verdes que los campos de Irlanda. Eran de mirada firme y penetrante, pero duros y fríos como dos esmeraldas.
Dijo con una voz oscura y atractiva que había visto su barca cuando trataba de salvar la vida. La descubrió cuando se estaba ahogando y se obligó, en un último esfuerzo, a nadar hacia ella.  El barco donde viajaba se había hundido, y ella se había encontrado forcejeando y braceando con todas sus fuerzas por mantenerse en la superficie. No sabía nada de sus acompañantes, pero supuso que habrían perecido en el terrible accidente.
Le contó que lo último que recordaba al caer al agua era una gran ola que se cernía sobre todos ellos. Después hubo una gran sacudida y escuchó el sordo crujido que el frágil casco de la nave hizo al partirse. Después la ola la apresó y la llevó con ímpetu hacia el fondo, y la obligó a hacer grandes esfuerzos por emerger. La corriente submarina tiraba de ella y, cuando estaba a punto de darse por vencida, pudo ver que algo marrón se movía en su dirección. Entonces, con una fuerza que no sabía de donde había surgido, nadó hacia su barca y se subió a ella. No sabía como con sus entumecidos brazos y sus piernas había logrado vencer al implacable mar, que tantas víctimas se había cobrado, incluidos los fuertes marinos que gobernaban el destrozado navío, ni como es pequeño bote permanecía aún entero. Él tampoco se lo explicaba.
Mientras escuchaba atentamente Paddy pudo ver que,  aunque  pugnaba por parecer tranquila, le temblaban la voz y las manos. Cuando ella le hubo contado su infortunio y se sintió un poco mejor pareció avergonzarse y se apresuró a decirle su nombre: Nikwe, tan enigmático y magnético como ella, una chica que había conseguido escaparse de la tumba azul por bien poco.
Continuaron hablando y la desconocida hizo gala de un desparpajo sorprendente y una gracia inusual, además de una singular belleza y una mente muy bien encaminada.  Lo cierto es que aquella dama y su encantadora presencia iban embelesando cada vez más a Paddy, que se había olvidado completamente de su propia situación. No recordaba ni advertía el viento ni la mar encrespada, ni de la lluvia que se había vuelto mucho más densa desde que Nikwe puso los pies en el suelo de su barca. El musical tono de su voz ocultaba el estruendo de los truenos, el centelleo de los rayos no podía competir con el fulgor de su mirada, y los balanceos de la pequeña nave quedaban mitigados con la gracilidad de sus movimientos.
Se iban adentrando más y más en la inmensidad del mar, completamente a la deriva, sin que Padween se diera cuenta. Porque ella se cuidaba bien de entretenerlo. Ni el cielo negro y enfurecido, ni el agua que saltaba dentro a causa del oleaje, ni las gruesas gotas de lluvia que en su cara y en su cuerpo caían lograban sacarlo de su profundo estupor.
Conversaba animadamente con la doncella surgida de las aguas como si estuviese frente la chimenea de la pequeña sala de la casita donde vivía solo. Ella podía perfectamente ser en su mente una invitada cuyo carro habían asaltado y destruido. Incluso le parecía oír el silbido de la tetera y el maullido de un gato callejero. Para acabar de confundirlo, Nikwe estaba vestida con un nebuloso pero compacto vestido blanco que parecía beberse el agua mientras sus pliegues ondeaban con suave y armoniosamente en el tormentoso viento.
Cuando vio desaparecer la fina línea de la costa, Nikwe sonrió y sus ojos brillaron como si en ellos se reflejaran los rayos. En ese instante, como si estuviera poseída por una emoción incontrolable se arrojó a sus brazos y se dejó sostener. Segundos después susurró en su oído con voz suave y argentina una frase que lo arrancó de su ensueño: Padween O'Kelly, nunca más volverás a tu tierra, nunca más volverás a verla.
Al oír sus palabras Paddy se sobresaltó, pero no tuvo tiempo de reaccionar, pues Nikwe besó sus labios con los ojos entornados, quizá para acallarlos, quizá por otro motivo. Después ladeó su cuerpo y los dos cayeron al agua y desapareció en el insondable con el joven Paddy de la  mano.
FIN
Nunca se supo y creo que nunca se sabrá que fue de Padween O'Kelly, pero lo cierto es que jamás volvió a su tierra ni él ni su cuerpo, en el caso que hubiera muerto. Conozco los hechos por el relato de un sabio salmón que llamó mi atención mientras paseaba cerca del río.  Según su versión fue ella quien impidió que los peces subieran para comer el cebo de Paddy y así entretenerlo hasta que comenzara la tormenta. Aparte del pescado nadie había oído hablar de una tal Nikwe ni había visto una mujer con sus características. Ni siquiera él acababa de acertar el motivo de su rapto ni por que cesaron repentinamente los cánticos melancólicos de la dama de las aguas.