JOAKIM
ÍCARO PIEL DE LUNA                                         VOLVER
Escrito por Gabriel Rubio


        Había una ves en un lugar muy, muy cerca de ti, en una pequeña colonia de pequeños grandes seres, un pequeño elfo. De piel azul ígneo, le gustaba correr y recorrer los lugares menos recorridos por la mente humana, se bañaba en el polen de las flores y giraba en las gotas de lluvia. Cuando su agudo oído olfateaba que algún insecto se acercaba inmediatamente se escondía en una roca o en algo que no se percibiera más allá de la vista.

          Con sus alas de abeja navegaba por los vientos e incluso imitaba al salmón, pues trataba de ves en cuando con la aventura de ir contra corriente del viento. En una ocasión, después de bañarse en polen, se vio frente a una oruga y el elfo le dijo:

-¡no me confundas!,
mi piel es azul de luna.

Y en un destello o estornudo desapareció, porque a él no le gustaba que lo miraran mucho. Inclusive, cuando un humano lo miraba, desaparecía en un destello de luz azul. Permitía que lo observara todo aquel que mirara el latir del corazón. Por las noches gustaba volar muy alto, tan alto que lograba confundirse con alguna estrella. Él tiene luz de luciérnaga.

Había algo, quería ser uno con la luna. Su piel era de luna. Cada noche esperaba que aluna fuerza superior lo elevara alto, más alto que sus alas, y que lo llevara a la luna para que fueran uno... piel de luna... piel azul.

En una ocasión, cuando llovía y volaba en círculos alrededor de las gotas de lluvia hasta que éstas tocaban el suelo, comenzó a ver más de cerca las pequeñas gotas cristalinas. Podían reflejar y dentelleaban cuanto quisieran. En ese momento se dio cuenta de que él podía hacer lo mismo sin tener que llegar a la luna, brillaba como podía brillar aquellas gotas de lluvia sin ir tan lejos ni tan alto... sólo bastaba una sonrisa para que la gota sonriera también.