Joaquim el duende         JOAKIM. (La historia de un pequeño duende)                        VOLVER
          Escrito por Mª del Mar Fernández García (mi querida Luna)

       Hacía dos horas que esperaba escuchar la voz que le comunicaría la puerta de embarque. Estaba algo inquieta, el viaje a China eran 13 ó 14 horas de avión. Se había agenciado dos libros porque sabía que no dormiría en todo el trayecto; uno eran las memorias de Winstor Churchill, el otro, un libro sobre hadas que había escrito su amiga Sandra.
Cuando avanzaba por el pasillo del avión creyó ver una pequeña libélula. Cuando volviera a Madrid tendría que ir al oculista porque creía haber visto ese pequeño insecto en el aeropuerto. Le invadía la nostalgia, veinte años atrás había hecho el mismo viaje por motivos bien distintos, iba a recoger a su preciosa niña de ojos rasgados. Ahora se había matriculado en la Universidad de Medicina de Beijing y no mantenía ningún contacto con su hija desde hacía dos años.
Se instaló en el incómodo asiento del enorme Boeing y miró por la ventanilla que quedaba a su izquierda. Allí estaba, en el ala del avión, otra vez la libélula. Comenzó a leer aquel libro sobre hadas que le devolvió por un buen rato recuerdos de la infancia, una infancia perdida y añorada: anjanas, seligen, sirenas, bosques encantados... Sí, un mundo mágico que su memoria iba recuperando.
La escala en Londres fue un gran alivio. Le daría tiempo a tomarse un café y a fumarse dos cigarrillos tranquilamente. Desde luego, aprovecharía el viaje para dejar ese mal hábito. Y allí, en una mesa vacía de una de las cafeterías del aeropuerto de Heathrow, allí le esperaba Joakim, la libélula, el duende. Le miró detenidamente, tenía una cara muy graciosa, orejitas puntiagudas, nariz respingona e iba vestido igual que Peter Pan, con sus calzas verdes.
-Hola, me llamo Joakim. ¿Por qué haces como que no me ves?
-Porque no puedes ser real. Eres producto de mi imaginación. Creo que el libro de Sandra ha afectado mi percepción de la realidad. Y encima hablas. Esto no tiene sentido, el viaje me pone nerviosa. Sí, seguro que es eso.
-No, no es eso. Todos los aeropuertos tienen su duende, nuestra misión es acompañar a los humanos cuando sabemos que un avión sufrirá un accidente y, si alguno nos ve, nos puede pedir un deseo. Los niños que van en tu avión me han visto y todos me han pedido ya su deseo. Sólo me quedas tú porque tú eres la única persona adulta que ha podido verme. ¿Quiéres pedirme algo?
-Mira, Joakim, no creo en los duendes ni creo que vayamos a tener un accidente. Tengo todo lo que deseo, no necesito nada más. Será mejor que me ponga a leer las memorias de Winston Churchill y olvidar todo esto cuanto antes.
-¿Churchill? El viejo Churchill sí que era un buen tipo. Él también nos veía y contruyó una casita de hadas en el jardín de su casa. Yo estuve allí dos o tres veces, aunque los duendes ingleses son algo altivos, la verdad. Pero, bueno, esa es otra historia.
-Joakim, lo siento, pero he de volver a coger ese avión.
-Bien, de todas formas, no te preocupes, no morirás, los duendes chinos saben hacer bien las cosas, ¡vaya si saben!
Enseguida se dio cuenta de que el avión tenían problemas. Llevaban una hora sobrevolando Beijing. El piloto anunció que el tren de aterrizaje no funcionaba y pidió tranquilidad. Todo estaba preparado en el aeropuerto: bomberos, la espuma, ambulancias... todo menos ella.
-¿Joakim?
-Sí, estoy aquí.
-No es cierto que lo tenga todo, me falta lo más importante. Dile a mi hija que la quiero, ¿lo harás?
-Lo harás tú personalmente, no te preocupes. Pero hazme un favor, dile a tu amiga Sandra que me ha gustado su libro y que si me ve en algún aeropuerto me salude, seguro que ella podrá verme.
-Claro que se lo diré. Joakim... Gracias.

              Se despertó en el hospital con esa carita de ojos rasgados que tanto quería encima de su rostro, esos ojos rasgados llenos de lágrimas y de ternura. Le pareció ver una libélula revoloteando alrededor de su hija. Sólo hubo heridos, sólo eso... Los duendes chinos saben hacer bien las cosas, ¡vaya si saben!