LOS ERRANTES
LOS ERRANTES                                    
         
Escrito por Vran                                                                   VOLVER


CAPÍTULO I - El pergamino.

Maaka, estudioso de la historia y las ciencias, había consumido casi la totalidad de su vida en localizar los restos de aquella civilización de grandes sabios hacia mucho tiempo ya olvidada. Y ahora, estaba allí. Tres meses habían transcurrido desde que llegaron. La visión de aquella ciudad devastada les desanimó inicialmente, pero en unos sótanos lograron localizar la gran biblioteca perdida, guardiana y custodia del saber de antaño.
Tres meses entre polvo y pergaminos, leyendo, transcribiendo, clasificando. Quedaba mucho por hacer y la luz de su vida iba apagándose poco a poco. Por fortuna, contaba con la inestimable ayuda de Breen, su discípulo.
- Maestro, mirad, he encontrado este extraño pergamino, estaba semioculto bajo una estantería derrumbada. No comprendo la escritura… ¿Qué puede ser?
- Acércalo aquí, a luz, que lo vea bien …- la cara de Maaka se llenó de sorpresa e incredulidad -...no, no es posible, esto, esto no es de aquí…, esto sí que es inaudito.
- ¿Lo conocéis? ¿De qué se trata?
- Oh, Breen, parece que has encontrado un imposible, la cultura que estudiamos no tiene nada que ver con estos signos… Los conozco, sí, en gran parte me son familiares, pero son de un lugar tan lejano que es extraordinario que pueda estar aquí. -El maestro miró seriamente a su discípulo–. Quien escribió este pergamino debió pasar toda su vida viajando.
- ¿Entendéis qué dice? ¿Podéis leerlo?
- Sí, puedo leerlo. Tráeme algo de agua, por favor, tengo la garganta seca… Intentaré contarte lo que está escrito… El principio está borroso…
- Tomad maestro, bebed.
- Gracias, Breen... Desde donde se puede leer dice…


CAPÍTULO II – La historia

“…pero mi nombre no es importante. Llegué a esta gran ciudad hace unos días y decidí poner, aquí, escrito todas mis sospechas, todas mis visiones. Quizás, en un futuro, le sirva a alguien para desvelar el misterio que, a los que ahora siento como hermanos, nos rodea. Moriré pronto, lo presiento, y moriré sin llenar este vacío que durante toda mi existencia me ha arrastrado de un lugar a otro, errante, sin destino… Al fin moriré, y no me pesa ni lo temo, sólo me causa curiosidad.
Qué maravillosa esta biblioteca donde tanto saber hay encerrado, casi me parece un insulto dejar aquí este texto, pero así ha de ser.
Mi niñez, mi juventud son turbios recuerdos envueltos por la niebla del olvido. Pero recuerdo el camino, sobre distintos paisajes, pero siempre el camino. Siguiendo adelante, buscando cómo saciar este vacío. Primero me atrajo el dominio de las armas, pensé que de esa manera me sentiría completo. No fue así, fui de un lado a otro aprendiendo hasta que ninguno me pudo enseñar más. Fui discreto, nunca quise ser un guerrero, sólo luché para defender lo que creía justo, pero nada de eso me llenó. Había momentos, en la lucha, en los caminos, que imágenes fugaces pasaban ante mis ojos, imágenes de otro mundo, de otras gentes, y que las sentía muy mías. Las noches eran temibles sueños que me trasportaban guerras, a enfrentamientos, y siempre había un ser muy poderoso, ¿quizás un ser sobrenatural? No lo sé, forma parte del enigma. Comencé a dormir cada vez menos, por miedo a mis sueños, sólo lo hacia abatido por el agotamiento.
Mi interés se volcó luego en las ciencias, no en la que enseñan en los templos, jamás admiraré a los dioses, malditos presuntuosos, sino a las que residen en las cosas, en la naturaleza.
Aprendí, sí, aprendí mucho. Al dormir menos, las imágenes se hicieron más frecuentes de día, y el vacío de mi interior más hondo.
Encontré otros como yo, hermanos de destino. Nos cruzábamos en el camino y con sólo vernos los ojos nos reconocíamos, detectábamos el vacío en nuestra mirada. Han sido bastantes, sí,… recuerdo al asesino compulsivo, aparecía y mataba por matar lo que fuese, no le importaba, y volvía a desaparecer sin cambiar la seriedad de su cara; …al herrero que fabricaba objetos maravillosos y luego los destruía, buscaba el mineral perfecto; …el alquimista en busca de los elementos puros; …el atleta de fuerza y velocidad descomunales, tras la bestia que lo superase luchando cuerpo a cuerpo… Tantos, todos grandes, todos tan distantes al resto de sus congéneres, humildes, silenciosos, todos tristes, sus ojos, nuestros ojos apagados, con este ansia infatigable, con este vacío, este sentimiento de no ser completos. Que tremendo dolor para un humano.
Seguí aprendiendo, algunas cosas asombrosas, que conmigo morirán. Según los días se acercaban hasta hoy, las imágenes, las visiones, los sueños se han ido haciendo más frecuentes. Tengo la certeza, que todos compartimos este terrible hado, y me pregunto, a veces, que ocurriría si nos uniésemos, si compartiésemos nuestros sueños y visiones. Oh, qué maravillosa fuerza. Quizás, así, todos juntos calmásemos el vacío, quizás descubriésemos qué maldito ser tramó esta tortura… debe de haber una relación, no puede ser casual. Siento pena, pues a alguno de mis hermanos maté y bien sé que ellos a otros mataron. El bien, el mal, cada uno tenemos nuestra idea o nuestro instinto, que por desgracia como ocurre con los demás seres de este basto mundo, rara vez coincide. Fino aquí mi líneas, con una pregunta: "¿qué me deparará la muerte?”


CAPÍTULO III – El ser sobrenatural

El Maaka calló. Parecía pensativo, como si estuviese en otro mundo. El alumno aguardaba en respetuoso silencio, no exento de preocupación, las propias palabras de su maestro. De pronto, una bruma, y de ella una luz y de la luz un ser que apareció ante ellos.
- Pareces sorprendido, viejo, veo que reconoces la historia.
- Tú… - respondió anonadado Maaka -… eres tú…
- Sí, yo soy. Me conoces, pero no hace falta que digas mi nombre, podría costarle la vida a alguien – y miró a Breen, que asustado observaba la escena.
-Mientras leía –comenzó a hablar lentamente Maaka– me he dado cuenta de que quien escribió este pergamino era un “hermano”, el aparecía en mis sueños y visiones…Yo también he visto esas miradas, esos otros tantos como yo…
-Si realmente sois una plaga. No os basta con morir, como tú harás en breve, sino que os empeñáis en reencarnaros.
- Entonces, ¿mis visiones?
-Tus visiones vienen de tus otras vidas. Afortunadamente la vida del humano es lo suficiente corta para que no llegue nunca a comprender.
- ¿Era yo?
- Eras tú, lo mismo que el maldito que escribió ese pergamino se veía a si mismo.
- Pero,… ¿por qué?
- ¿Acaso has visto alguna vez a un dios aceptar preguntas de un miserable humano? Sois una plaga, una molestia, para mí, para los demás dioses y para el mundo. No puedo evitar que nazcáis en otro cuerpo, pero sí bañaros en el olvido… Y ahora, como bien habrás adivinado, ese pergamino debe ser destruido…no pueden quedar rastros. Nunca deberéis conocer la verdad, nunca…¡por el bien de todos! - Cada vez hablaba más fuerte y enfureciéndose a cada palabra - Estáis condenados a vagar por la vida con vuestra sed inaplacable, solos, perdidos y confusos... nunca volveréis a ser uno… ¡NUNCA JAMÁS!

Tembló la sala con la potencia de su voz. Fue lo último que oyeron Breen y Maaka. Sus tímpanos estaban destrozados.
El dios miró al viejo y sonrió. El pergamino prendió y comenzó a quemarse. Cayeron las llamas sobre las ropas de Maaka y otros textos. Pronto el fuego se extendió por toda la sala. Maestro y discípulo quedaron rodeados por las llamas, su vestimenta ardía.

Tan fugazmente como apareció el dios, se esfumó abandonando la devastación que había provocado.

El intenso calor debilitó la estructura de las paredes del sótano. Cedió el techo y los escombros sepultaron las cenizas de la que había sido la gran biblioteca.


CAPÍTULO IV – Un deseo

El cuerpo de Maaka quedó carbonizado y mutilado por la avalancha de materiales en el derrumbe. Sin embargo, Breen no descansaba junto él.

Cubierto de llamas y herido por las piedras caídas consiguió llegar a la salida.

Su cuerpo era todo dolor, su piel y su carne estaban quemadas. Todo ese caos a su alrededor en un hiriente silencio. En su huida, la vista le fue abandonando, había demasiado calor. Con la irracionalidad que da el pánico y el deseo de sobrevivir, se abrasó las manos al ir tanteado en busca de la salida y apartando los restos ardientes de su camino. Tras salir no permaneció mucho tiempo consciente.

Pasaron unas horas y quiso la fortuna que unos nómadas atraídos por el fuego se acercasen.

Le encontraron bocabajo sobre el suelo, básicamente desnudo y con casi todo el cuerpo quemado. Inicialmente le creyeron muerto. Sordo y ciego, la primera conciencia que tuvo, Breen de los nómadas, fue el doloroso roce de una mano sobre su hombro, su cuerpo se estremeció. Intento gritar, decir algo… pero pese a estar sordo sabía que de su voz apenas salían unos graznidos.

Le cuidaron y sanó su piel. Pasó mucho tiempo y sus quemaduras finalmente cicatrizaron. El dolor, si bien se atenuó, nunca cesó. No recuperó ni vista ni oído ni voz. Sus manos habían quedado atrofiadas convertidas en torpes muñones. Pese a todo eso, no quería morir, no quería olvidar. Se lo debía a su maestro…y a sus “hermanos”. Ahora sabía como llenar su vació, sabía de donde venían las visiones que comenzaron poco meses antes de llegar a la biblioteca. De alguna forma debía conseguir reunirlos y contarles cuanto conocía… juntos descubrían toda la verdad. Volverían a ser uno. Los errantes serán uno.