BRUJA

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LA ESCOBA  VOLADORA
DE LA BRUJA FLORA

Escrito por Fernando José Baró


   Hace muchos, muchos años, incluso antes de que nacieran nuestros padres, qué digo nuestros padres, mucho antes de que nacieran nuestros abuelos, o tal vez los abuelos de nuestros abuelos, habitaba en el antiguo Madrid que no era ciudad todavía sino villa, un niño llamado Andresillo.

   Vivía con su madre en una humilde buhardilla, en el quinto piso de una finca situada en la plaza del Alamillo. Vivienda de suelos y techos de madera, pequeña pero confortable e iluminada por dos tragaluces en el tejado. Su madre, ganaba un sueldo modesto limpiando casas y nuestro protagonista que no tenía padre -había muerto al poco tiempo de que él naciera- echaba una mano a su progenitora vendiendo escobas por las calles. Escobas que él mismo fabricaba, ayudado por una navaja, con la madera que cortaba de las ramas de los almendros que abundaban en los campos cercanos a la villa madrileña.

   Andresillo, no solo trabajaba, también iba a la escuela y tenía tiempo para jugar. Con las ramas cortas que le sobraban tras confeccionar las escobas, hacía espadas de madera para él y para todos sus amigos. Con ellas, por las calles y las plazas de Madrid y en los campos cercanos, él y su pandilla de traviesos amigos, jugaban a la guerra. Lo mismo asaltaban las murallas de un castillo para salvar a una bella y cautiva princesa, que luchaban a muerte contra un fiero dragón que escupía fuego, como abordaban un barco, pirateando entre tormentas por los temibles mares y repartiéndose como botín cofres llenos de piedras preciosas, joyas y monedas de oro, que posteriormente escondían en desiertas y lejanas islas.

   Una tarde en la que Andresillo estaba fabricando escobas como hacía habitualmente en la plaza frente al portal de su casa, rodeado de palomas y gorriones que picoteaban migas de pan, se dirigió a él una anciana misteriosa, incluso tétrica, vestida de oscuro, apoyada sobre un bastón y acompañada por un gato negro.

   - Buenas tardes jovencito –le dijo. Necesito que me hagas una escoba de madera de abedul. La que tenía desde hace muchos años se me ha roto. Te la pagaré bien.

   Andresillo le dijo que nunca había trabajado esa madera y que le podía vender una de  madera de almendro.

   - Te pagaré lo que cuestan diez escobas de almendro pero tiene que ser de madera de abedul.

   Nuestro pequeño protagonista aceptó el trabajo gustoso pues era un dinero que le venía muy bien a él y a su madre. Pero a pesar de comprometerse con el encargo, había algo en  aquella anciana que no le gustaba. Aquella mujer vestida de negro le daba muy mala espina.

   Al día siguiente en clase y al no saber donde encontrar un abedul, le preguntó a su maestro don Ernesto donde podría localizar dicho árbol.

   Don Ernesto sabiendo que el abedul es un árbol que necesita humedad, encaminó a Andresillo a las orillas del río Manzanares ya que muchas veces estos árboles crecen a los pies de un río. Como el maestro le había enseñado un dibujo del árbol que buscaba en un libro de texto, no le costó localizarlo y tras cortar una rama larga de abedul, emprendió el camino de regreso a casa.

   Al día siguiente, después de hacer los deberes escolares de matemáticas y lenguaje que le había mandado don Ernesto, comenzó a fabricar con su navaja el palo para la escoba que la anciana vestida de negro le había encargado. No le fue difícil hacerlo ya que la madera era fácil de trabajar. Esa misma tarde dejó el palo limpio y preparado solo a falta de atarle las correspondientes ramas con lo que quedaría confeccionada la escoba.

   Don Ernesto era un hombre bueno y trataba con amor a sus alumnos. Varón de avanzada edad, delgado, de pocas carnes, de blancos cabellos y minúsculo bigote. Le costaba andar y a veces se tambaleaba al caminar. Andresillo sentía cariño hacia su maestro y le fabricó con un trozo de rama que había sobrado de hacer la escoba, un grueso y bien trabajado bastón de madera de abedul. Cosa que agradeció de todo corazón el maestro.

   La escoba estaba terminada y esa misma tarde, la anciana misteriosa vestida de negro fue a buscar su encargo. Andresillo que estaba en la plaza jugando con varios de sus amigos, subió raudo a casa a por la escoba y recibió por su trabajo una moneda de plata.

   - ¡Vaya, pero si me ha pagado más de lo que me dijo! –comentó a sus compañeros el chaval.

   - ¿Pero no sabes quién es esa señora?- le dijeron al unísono sus amigos.

   - No –contestó Andresillo.

   - Es la bruja Flora. Vive a las afueras de la villa, en una cabaña de madera en medio de un frondoso bosque. Todo el mundo la teme y se aparta a su paso.

   Andresillo pensaba que las brujas solo existían en los cuentos. Así que se puso a investigar en los libros que encontró en la escuela sobre brujas. Se quedó sorprendido cuando en uno de ellos leyó que las brujas en la antigüedad cabalgaban sobre escobas hechas de madera de abedul. Solo las escobas fabricadas con esta clase de madera tenían la capacidad de poder volar.

   Mientras tanto en su casa la bruja Flora realizaba el conjuro pertinente para que a través de un hechizó la escoba fuera mágica y volara:“Desde este momento, escoba, perteneces a la bruja Flora. Y por el poder que me otorga el mal, he de volar sobre ti, de Madrid a Portugal, de Buenos Aires a Cuba o de París a Estambul, en cielos de noche oscura sobre un palo de abedul”.

   A pesar de la alegría de Andresillo de haber ganado un buen dinero en tan poco tiempo invertido, su felicidad no era plena. Era un niño de buen corazón y sentía remordimientos de haber colaborado sin pretenderlo en hacer el mal al fabricar la escoba a la bruja. ¡Sabe Dios que fechorías haría la bruja sobre la escoba hecha por él!.

   El Dios del Bien sabía que aquel niño tenía un alma noble y un buen corazón. Era buen hijo, buen compañero y respetuoso con los mayores. Por este motivo, viéndole tan apenado no consintió que la bruja pudiera causar daño con la escoba fabricada por Andresillo a pesar del conjuro.

   La bruja Flora montada en su escoba, volaba entre tinieblas cada noche por los oscuros cielos buscando un lugar donde cometer actos maléficos. Cada vez que se disponía a bajar a tierra para realizar sus fechorías, la escoba no le obedecía, daba media vuelta e iniciaba el regreso a casa. Cosa que a la malvada bruja le desesperaba. Y así una noche tras otra hasta que un día harta, se acercó a la plaza del Alamillo en busca de Andresillo y muy enfadada le dijo:“Hazme una escoba nueva. Esta que te pagué y bien pagada no me sirve. Eres un nefasto fabricante de escobas”.

   El chico, contento al saber que no había colaborado en hacer ningún perjuicio, ya que la escoba no obedecía a la bruja, cogió la escoba y le demostró que barría perfectamente.

   - Maldito renacuajo-le dijo. No intentes burlarte de mí. Quiero una escoba nueva.

   Andresillo, sabiendo que las escobas voladoras debían de fabricarse con madera de abedul para posteriormente poder hechizarlas, le ofreció a la bruja que se llevara la que quisiera de las que tenía hechas en madera de almendro. La malvada bruja rechazó la oferta y se alejó de allí muy enojada amenazando a Andresillo entre las risas de éste. Nuestro protagonista sabía que nada malo le podía suceder ya que era un niño creyente en Dios y nuestro creador todo lo puede.

   El gato negro de la bruja Flora, harto de  tener que llevar siempre a cuestas la fama de su mala suerte, se quedó a vivir en casa de Andresillo y juntos fueron muy felices.

   La bruja no encontró por los alrededores de la villa otro fabricante que pudiera elaborarle una escoba de madera de abedul. Siguió viviendo en el bosque, en su cabaña de madera pero ya no pudo hacer más fechorías. Al contrario, utilizó su magia y sus conocimientos de plantas medicinales para curar enfermedades a los habitantes del lugar que en agradecimiento a la curación de sus males, le regalaban huevos, leche, verduras, frutas y miel.

   Y así fue como gracias a un niño de alma noble, a un chico de buen corazón, los gatos negros dejaron de llevar a cuestas su fama de mala suerte convirtiéndose también como los demás gatos en mascotas de compañía muy queridas por los niños.

   Os preguntaréis: ¿Qué pasó con las brujas desde ese día?... Las brujas desaparecieron para siempre de los cielos de Madrid.

 

Fernando José Baró

Primavera madrileña de 2008