Un extraño encuentro
       UN EXTRAÑO ENCUENTRO                  VOLVER
       Escrito por Fernando Baró                       
 
  El criminal no hace la belleza;
él mismo es la auténtica belleza.
Sartre.

  Hay fines de semana en los que agobiado por la gran ciudad, busco evadirme de la contaminación y los ruidos y viajo en mi coche a un pueblo situado a 150 kilómetros de Madrid, en pleno corazón de la Alcarria conquense.
   Aquel mes de enero era excesivamente frío, aunque aún no había nevado. La casa necesitaba tener una buena chimenea encendida para caldearse y fue lo que hice en primer lugar tras coger leña seca y fina de la leñera y un par de ceporros de olivo. Preparé unas sopas de ajo en la lumbre. Sopas que con pan de leña, y un par de huevos, echado todo en un cuenco, y medio porrón de vino tinto de la comarca, cayeron en mi estómago como el mejor de los manjares. Tras la apetitosa comida, subí a la planta principal de la casa donde me tumbé un rato, abrigado por confortables mantas hasta quedarme dormido. Después de la siesta, como hago habitualmente siempre que estoy allí, me senté a leer frente al fuego hasta que llegó la noche.
   El pueblo en estas fechas invernales está casi vacío. Son pocos los habitantes que se atreven a pasar aquí los meses de intenso frío. Antes de cenar, acostumbro tras abrigarme bien a pasear por sus desiertas calles. Subo la cuesta atravesando la plaza -en cuya fuente, el agua forma gruesas capas de hielo- hasta llegar a la iglesia de la Natividad. Templo que es casi colegiata y que en los techos de su baptisterio tiene curiosamente símbolos masónicos y, a continuación, saliendo del pueblo, me acerco al viejo cementerio ya en desuso. Casi todas sus tapias y sus dos grandes portones yacen entre zarzas y arbustos. Algunos nichos están hundidos y en varias tumbas pueden verse restos de huesos, zapatos, ropajes y algún que otro cráneo, entre trozos de madera de las mortuorias cajas y rotas lápidas. Hay a quien le parecerá muy tétrico pasear por un lugar así; pero a mí, me resulta muy gótico y becqueriano.
   Me disponía aquella noche a abandonar el camposanto cuando tras una sepultura me pareció ver una silueta femenina. Me acerqué intrigado ya que era extraño que una mujer paseara sola y en horas nocturnas por un lugar así. Volví a verla, ahora bajando las escaleras de un viejo panteón. Por lo poco que había visto hasta el momento, vestía de blanco y sus cabellos eran castaños.
   Podía haberme acercado a las escaleras de bajada de dicho panteón pero me asusté. Para qué negarlo. Cuando reaccioné del primer susto, me fui acercando lentamente mas solo me atreví a bajar un par de escalones. Era una noche en la que la luna iluminaba levemente el exterior, pero la oscuridad del fondo del panteón, donde vi bajando a aquella mujer, me produjo un escalofrío y opté por salir de allí y volver a casa. Recorriendo calles hasta llegar a mi vivienda tuve la sensación de ser perseguido por alguien en todo momento, pero debió de ser mi propio miedo el que me hacía ver algo inexistente ya que, cada vez que volvía la cabeza tras mis pasos, no había nadie. Me costó coger el sueño y quedar profundamente dormido.
   Amaneció y después de desayunar y ducharme, algo obsesionado por la visión nocturna de aquella muchacha, volví al abandonado cementerio. Ahora a plena luz del día no me invadían los absurdos miedos nocturnos.
   El cementerio estaba solitario como de costumbre y no vi nada anormal ni se me apareció persona o ente alguno. Me acerqué al panteón donde me había parecido ver por última vez a la joven. Fui bajando las escaleras hasta llegar a unas recias y bien trabajadas rejas de forja. Cerradas a cal y canto no por su cerrojo y su llave originaria, si no  por una gruesa cadena y un enorme candado. Desde dicha reja pude ver que era un amplio y majestuoso panteón labrado en mármol, con bellas vidrieras, que debía datar de finales del siglo XIX o principios del XX. Había ocho nichos en dos filas horizontales de tres enterramientos a cada lado y dos más, que destacaban del resto en el centro. Estos dos últimos, debían de ser la última morada de los que costearon y encargaron la construcción de aquel monumento funerario. El solemne recinto estaba presidido por una imagen de San Isidro labrador, patrón de Madrid. También tenía dos altares; uno dedicado a la madrileñísima virgen de la Paloma y el otro a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
   Había estado muchas veces viendo tanto de día como de noche el cementerio y la verdad es que nunca me había adentrado en dicho panteón, que además era el único dentro del camposanto. También es cierto que las escaleras de bajada tenían en el comienzo de la misma una puerta metálica cerrada, fácil de saltar al mínimo esfuerzo y que hasta ese día -tal vez- por respeto a los difuntos no había traspasado.
   Como os digo y en vista de que no vi nada fuera de la quietud y el silencio acostumbrado que suelen tener los cementerios, volví al pueblo y continué con mis actividades de ocio.
   Llegó la noche y después de cenar, frente a la lumbre, me tomé con hielo un par de güisquis. Comenzó a nevar. A través de los cristales veía caer los copos y la imagen de aquella mujer vestida de blanco volvió a mí. A pesar de mis dudas tenía claro que aquella visión no había sido una alucinación. Pero tampoco era normal que una mujer vagara por el cementerio en plena noche y mucho menos que bajara a un frío, solitario y oscuro panteón. Yo nunca he sido supersticioso, pero al haber leído extensamente de distintos temas, recordé que  se dice que las almas de aquellos cuyas acciones no fueron buenas en vida, vivirán eternamente en perdición una segunda existencia. Se convertirán en seres diabólicos que seducirán a los mortales e incluso yacerán con ellos con la única finalidad de beber su sangre y así poder seguir viviendo. Es lo que conocemos como vampiros.
   Todas estas divagaciones me parecían absurdas en pleno siglo XXI pero al mismo tiempo tenía la seguridad de que lo que había visto la noche anterior no era producto de mi imaginación; era real. Por un momento pensé en que si aquello que vi era un alma en pena, solo era posible volver a verlo en la soledad de la noche y armado de valor tras tomar un tercer whisky y abrigarme bien, ya que no dejaba de nevar. Cogí una linterna y  acudí a mi improvisada cita.
   Caminé por las solitarias y nevadas calles hasta llegar a las afueras de la villa, donde empieza la subida al cementerio. Según me iba acercando al camposanto pensaba que era absurdo lo que estaba haciendo. Debía de haber sido producto de mi imaginación pero a pesar de ello, y tal vez por los efectos del whisky, tenía la valentía necesaria para aclarar el misterio y salir de dudas.
   Entré como de costumbre por el acceso principal que como os decía anteriormente carece de puertas y fui decidido hacia el panteón. La noche era oscura como boca de lobo, pero no encendí la linterna hasta llegar al inicio del descenso, tras saltar la puerta metálica. Comencé la bajada dirigiendo la luz de la linterna hacia las rejas de entrada y me quedé estupefacto al comprobar que no se hallaban cerradas, como por la mañana, a cal y canto. ¡Estaban totalmente abiertas!. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando de repente el viejo y abandonado panteón se iluminó con varios cirios que se encendieron súbitamente. Tuve miedo y opté por marcharme a toda prisa. Pero al volverme hacia la salida, apareció aquella mujer ante mí.
   - ¿Me buscabas?-preguntó, con dulce acento.
   No contesté. El pánico me impedía hablar. Iba vestida de blanco como la noche anterior. A través del vestido se le transparentaban sus voluminosos pechos de extensas areolas y apetecibles pezones. Sus labios eran carnosos y sensuales pero pálidos. Sus ojos  eran profundos, hermosos y con un inhabitual brillo. Su melena castaña caía sobre sus blancos y bien formados hombros. Iba descalza y debía de tener alrededor de un metro sesenta de estatura aproximadamente y no más de treinta años. Su belleza era etérea y al mismo tiempo incitante. Su aspecto era frágil, de una languidez victoriana.
   - Bésame. Tengo los labios fríos -me dijo.
   A pesar de mi miedo, sentí necesidad de besarla. De poseer a esa extraña pero apetecible mujer. La besé y al momento tanto sus carnosos y sensuales labios como sus mejillas y el resto de su cuerpo adquirieron un color rosáceo; recobraron vida.
   Me invitó a bajar al panteón llevándome de su mano y acepté. Estaba preciosa. Tenía preparado un lecho de blancas sábanas de seda donde yacer juntos y dos copas de trabajado cristal llenas de vino tinto. Me fue desnudando entre caricias y besos y suavemente se desprendió del vestido mostrándome su bello cuerpo desnudo; sus pechos generosos, su vientre liso, su estrecha cintura, su gustoso, oscuro y poblado pubis, sus lindas piernas... A pesar del frío que debía de hacer en el exterior, la improvisada estancia era cálida y confortable. Un embrujo inundaba todo mi cuerpo y el placer junto a esa mujer era mi único fin. Bebí mi copa de vino fresco y sabroso. Hicimos varias veces el amor y caí agotado en el lecho. Me ofreció su copa de vino que aún permanecía entera.
   - ¿Tú no bebes?-le pregunté.
   - Tú eres lo único que necesito para calmar mi sed. Y a ti -me dijo- no te gustaría vencer a la muerte, perpetuarte junto a mí a través del tiempo, siempre joven y atractivo. Déjame morderte suavemente en un acto sexual que va más allá de toda norma establecida. Saborear tu tibia sangre.
      Y clavó ligeramente sus colmillos en mi cuello y a continuación mordió profundamente, succionando mi sangre; momento en el que eyaculé de placer perdiendo el sentido.
   Amanecía un nuevo día. Los rayos de sol me despertaron dándome en la cara a través de los cristales de la ventana de mi dormitorio. Había eyaculado. Todo había sido un extraño sueño. Me acerqué a la ventana y vi el pueblo totalmente nevado. Pensé que tras el tercer whisky no recordaba como había llegado hasta la cama, y ni me había acercado al cementerio, ni había tenido una experiencia sexual con la dama de belleza etérea e incitante.
   Preparé un café con leche y al llevármelo a la boca no pude tragarlo. Me daba asco, rechazo, repugnancia. Culpa quizás del exceso de alcohol a mi estómago. Sin saber por qué me hallaba malhumorado y casi desfallecido. Me di una ducha y al afeitarme frente al espejo me asusté. Estaba pálido y tenía dos reveladoras incisiones en la parte derecha del cuello. Entonces comprendí la verdad. ¡La espantosa verdad!. No se trataba de un sueño.
    Luego más tranquilo pensé que tal vez sea cierto que se pueda vencer a la muerte, que sea posible perpetuarse a través del tiempo siempre atractivo, siempre joven. Tenía dudas; dudas y deseos de que llegara la noche para volver a ver a aquella hermosa mujer, a aquel espectro culpable de mi nueva vida. Al único ser, fantasma o muerto viviente, que podía aclarar todas mis dudas. Pero no solo para hallar respuestas a tantas preguntas si no también para agradecerle mi nuevo estado; mi irrefrenable pasión por la sangre.

                                                                       Madrid, agosto de 2006
                                                                          Fernando José Baró